¿TIENEN SENTIDO LAS CATÁSTROFES?


070410
 
¿TIENEN SENTIDO LAS CATÁSTROFES?
 

Dr. Otto Dörr – Maestro de la Psiquiatría chilena. (n. 1936)

La catástrofe que azotó a la zona centro sur del país dejó tras de sí una secuela de destrucción y de muerte que sobrepasa nuestra capacidad de comprensión. Las pérdidas materiales fueron importantes, pero nada significan frente a las pérdidas de vidas —algunas ocurridas en circunstancias particularmente dramáticas— y que, como toda muerte accidental, ponen en cuestión el sentido mismo de la vida humana. ¿Por qué a mí?, se preguntarán los deudos, sobre todo los padres de niños muertos. ¿Por qué a Concepción?, dirán los penquistas. ¿Por qué le ocurre esto a Chile?, nos preguntamos todos. ¿Dónde está la Providencia Divina?, ¿por qué Dios permite estas desgracias?, serán las secretas dudas de aquellos que en nuestra sociedad posmoderna todavía conservan alguna vinculación con lo sagrado. El problema se agudiza cuando consideramos la ocurrencia de catástrofes mucho mayores, como la de Haití, con 200 mil muertos, o la de Indonesia, con 250 mil.

 La verdadera cuestión que se esconde tras estas preguntas es la del sentido o sinsentido de la existencia humana y, en último término, de la realidad toda. Una elaboración insuperable de este tema se la debemos al filósofo chileno Cristóbal Holzapfel (2005). Según este autor, el sentido se expresa principalmente en tres ámbitos: el semántico (el sentido como significado de las palabras); el existencial (el sentido de nuestras elecciones, decisiones y acciones), y el metafísico o trascendente. Nosotros nos estamos refiriendo, por cierto, al último. Mientras hasta la entrada de la modernidad el hombre occidental no se planteó la pregunta por el sentido, porque éste era simplemente Dios, a partir del siglo XX, bajo el imperio de la ciencia, la técnica y el dinero, esta pregunta se hizo ineludible. De hecho, para el hombre actual la tarea es justamente la de aprender a moverse entre el sentido y el sinsentido, y soportar la angustia que ello depara. El poeta alemán Friedrich Hölderlin se anticipó a esta realidad a fines del siglo XVIII, al afirmar que “somos un signo, pero un signo indescifrado”.

 Otro poeta de lengua alemana, Rainer Maria Rilke, nos ofrece quizás una respuesta a la pregunta por el sentido. Poco antes de morir, en 1926, él escribió estos misteriosos versos: “Así como la naturaleza abandona a los seres / al riesgo de su oscuro deseo / y no protege a ninguno en especial ni en el suelo ni en las ramas, / así tampoco nosotros somos más queridos / por el fundamento de nuestro ser. Él nos arriesga…”, etcétera. Por razones obvias, no podemos entrar en una interpretación detallada de estos versos. Valga sólo señalar dos ideas. La primera dice relación con el hecho de que la naturaleza en realidad no nos protege, y así es como animales y pájaros están expuestos a los depredadores y nosotros, a las guerras, azares y catástrofes. En segundo lugar, la idea de la vida como riesgo. En el alemán la palabra wagnis (riesgo) deriva del vocablo medieval wage (balanza). Esto significa que “arriesgar” es “poner en la balanza”, vale decir, en una situación en la que permanentemente oscilamos, con el riesgo de inclinarnos (y caernos) hacia un lado o hacia el otro. Hölderlin también se adelantó en señalar esta característica del ser humano, en su conocido verso: “Donde está el peligro, allí surge también la salvación”. El riesgo, la amenaza y el peligro son, por cierto, motivo de zozobra y de dolor —como lo están experimentando hoy día tantos compatriotas—, pero constituyen, según estos poetas, la esencia de nuestra existencia y a la vez un camino de realización, y en último término, de salvación.

En el poema arriba mencionado, Rilke afirma algo que podría ser la respuesta a las interrogantes planteadas al principio: "Porque lo que en definitiva nos cobija es nuestro desamparo". Paradójicamente,  es ese mismo desamparo que hemos vivi9do frente al terremoto, pero también en otras circunstancias de pérdida y dolor, lo que va a constituir nuestro verdadero hogar, nuestro refugio, ese que la naturaleza´-de algún  modo ciega- parece negarnos. Y así, desde el máximo abandono- como el de Cristo en la cruz, debemos contemplar el dolor  como un misterioy esperar en silencio una respuesta. Y esta siempre llega a través de lo que Rilke llama vuelco o viraje, concepto bellamente expresado en la Primera Elegía, "(porque)  desde la tristeza surge de pronto una prosperidad bienaventurada". O en ese maravilloso canto a la vida: "Oh vida, vida, tiempo milagro/ que avanza de contradicción en contradicción./ A menuido es tu paso tan torpe, tan lento y tan pesado; /pero entonces, de repente, abres tus alas, de indecible anchura,/como un ángel…".     

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