El País Literario

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La semana pasada recibí una carta. Una carta pesada. Con olor a pólvora. Una carta con toda la densidad del desierto. Una carta que había cruzado el mar con su par de piernas, ni más ni menos. Una carta amarillenta, en la que la brisa se sujetaba con oraciones cada vez más cortas. Una carta esencial pero, eso sí, bien visible. Bien visible porque la tenía ante mis ojos como si mi madre la hubiera parido. Una carta cuyos vértices eran como dunas en las que se incrustaba una arena atlántica.

Vino la carta por su propio pie y pegó un timbrazo de los que hacen época. Sonó en todo el valle y luego el eco se repitió no de peña en peña como en la Laguna Negra, sino de volcán en volcán, porque es menester en estas tierras donde me hallo sentirme en correspondencia con el paisaje. Se repitió…

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