HISTORIA DEL PRIMERO DE MAYO


“Entre los años 1700 y 1800, el descubrimiento del motor lograba transformar la energía de la naturaleza en movimiento. Su combinación con otras herramientas dio como resultado la invención de las máquinas. Tales avances tecnológicos, sumados a la acumulación de grandes cantidades de dinero en pocas manos que se invirtió en la compra de dicha maquinaria, junto a la migración de personas del campo a la ciudad buscando nuevas oportunidades y al crecimiento de la población en general, crearon las condiciones para la producción y el consumo masivo de productos, haciendo surgir las fábricas.

¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar?

Con el surgir de la industria, saltan a la historia miles de mujeres hombres y niños, quienes sin ser dueños ni de tierras para la agricultura ni de maquinaria de trabajo, no les quedó más opción que trabajar en las fábricas, vendiendo sus fuerzas para realizar los trabajos necesarios para operar las rústicas máquinas, a cambio de un salario. El trabajo físico era desgastante, se realizaba en jornadas superiores a las 15 horas diarias en fábricas inhóspitas. Algunos dueños de las mismas, preferían, por razones de economía, contratar a mujeres y niños a quienes pagaban aun menos. El salario era bajo e inseguro. Tampoco existían leyes de Seguridad Social, ni de accidentes o Riesgos del Trabajo. En ciertos casos, las condiciones de las viviendas de estas y estos trabajadores eran insalubres y favorecían las enfermedades. Para finales del siglo diecinueve (años de 1800 a 1900) Chicago no era la excepción. Por el contrario, era ahí donde existían las peores condiciones de trabajo y de vivienda. Estados Unidos desarrollaba su industria, y esta ciudad recibía cada año por ferrocarril de este y oeste, a miles de ganaderos desocupados además de grandes cantidades de inmigrantes de otras partes del mundo. Se habían creado así humildes barrios urbanos donde vivían cientos de miles de trabajadores empobrecidos.

Entre 1880 y 1890, los trabajadores en EEUU se inician a organizar en sindicatos, buscando mejorar sus condiciones de trabajo. En 1884 se celebró en Chicago el Cuarto Congreso de la Federación Americana del Trabajo, ahí bajo el lema “ocho horas para trabajar, ocho horas para descansar, y ocho horas para la casa”, acuerdan defender el derecho a la jornada de ocho horas laborales, fijando el 1 de mayo de 1886 como fecha límite. Si luego de este día no se respetaba dicha jornada de trabajo los trabajadores suspenderían labores e irían a huelga general hasta que los patronos la aplicaran.

La indignación ha llegado a las fábricas.

La fecha límite se aproxima y la jornada de ocho horas no se ha cumplido. Las organizaciones sindicales planean manifestaciones para exigir su aplicación. El 1 de mayo de 1886 se convoca a huelga general. Más de 50 mil trabajadores de distintas fábricas acudieron al llamado. La organización de los trabajadores ha desafiado el poder de los dueños de las fábricas y estos están dispuestos a impedir el desafío, inclusive con violencia. Al día siguiente, las movilizaciones llegan afuera de la fábrica McCormick. Sus dueños impiden la organización y han despedido cerca de mil trabajadores. Los discursos son interrumpidos por provocadores, la policía en ese momento dispara contra los trabajadores indefensos, dejando seis muertos y decenas de heridos.

La indignación se apodera de las calles de Chicago.

El 4 de mayo de 1886, miles y miles de trabajadores se concentran en los alrededores de la plaza del mercado (Hymarket Square ) para repudiar la represión. Al terminar los discursos, la policía de nuevo arremete disparando contra la muchedumbre, intentando dispersarla. Hay trabajadores muertos, en medio de la confusión estalla una bomba y muere un policía. Hay arrestos masivos y los principales dirigentes del movimiento por las ocho horas son arrestados; se les acusa de ser autores del atentado. En junio de ese año (1886) inicia su juicio (hoy reconocido como injusto), un proceso lleno de irregularidades. Aunque nada se prueba en su contra, en agosto de 1887 se les declara culpables de atentar contra el orden establecido; el siguiente noviembre son ahorcados. Todos lo saben: la explosión de la bomba fue solo un pretexto; les han dado muerte en castigo por organizar a miles de trabajadores en demanda de condiciones laborales más dignas, eso amenazaba intereses de industriales y conservadores dentro del gobierno.

No pudieron ahorcar sus ideas.

¿Ha visto usted el último gesto, en la cara de alguien a punto de morir por defender sus ideas? Los periódicos de la época (1887) no privaron a la audiencia de este reality show en el que la cruda realidad, una vez más le ganara a la ficción: “…salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas plateadas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos… abajo la concurrencia sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro… plegaria es el rostro de Spies, firmeza el de Fischer, orgullo el de Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita que: la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora… los encapuchan, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos cuelgan y se balancean en una danza espantable…”

La cita anterior, forma parte de la cobertura que José Martí, corresponsal en Chicago de un diario de Buenos Aires, diera de la escena. La descripción de gestos, se refiere a la ejecución pública que el 11 de noviembre de 1887 se hiciera de August Spies (alemán, 31 años, periodista), Adolph Fischer (alemán, 30 años, periodista) Albert Parsons (estadounidense, 39 años, periodista), y Georg Engel (alemán, 50 años, tipógrafo); Louis Linng (alemán, 22 años, carpintero) se había suicidado antes en su propia celda…¿La idea por la qué los ahorcaron? ¡El derecho a no trabajar más de 8 horas diarias!

La Segunda Internacional (Federación de organizaciones sindicales y partidos de trabajadores, fundada para la coordinación internacional de los mismos en busca de mejores condiciones laborales), dictamina en su primer congreso, realizado en Paris (1889), conmemorar internacionalmente el 1 de mayo de cada año como “Día del Trabajador”. Desde 1890, sindicatos y partidos de trabajadores realizan manifestaciones por todo el planeta, pidiendo la jornada de 8 horas, mejores condiciones laborales y mostrando fraternidad internacional entre trabajadores. Así es como, gracias a lucha de las y los trabajadores de la época, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en su primera sesión (Chicago 1919) determina en la Primera Convención Internacional del Trabajo la jornada de 8 horas diarias y 48 semanales, lo cual se incluyó en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

(Fuente: Por César López Dávila / Apuntes para soñar y resistir y selección de Patricia Roi Jonas)

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